Los unicornios del mundo, esas start-ups respaldadas por inversores de capital riesgo y valoradas en más de 1.000 millones de dólares (unos 940 millones de euros), han recibido mucha atención mediática últimamente. Ahora mismo, Google News proporciona alrededor de 16 millones de resultados sobre Uber y otros siete millones de resultados para Snapchat. En contraste, hay menos de 3,5 millones de artículos sobre Walmart, 2,6 millones sobre General Motors y menos de 700.000 centrados en Exxon. Los unicornios son para los periodistas de negocios lo que Kim Kardashian para los usuarios de Instagram.

Todo este bombo sobre los unicornios es comprensible, hasta cierto punto. Muchos de ellos han crecido a un ritmo feroz. Por ejemplo, la reciente tramitación de OPI de Snapchat reveló que la empresa aumentó sus ingresos en un 600% (hasta alcanzar los 380 millones de euros) en 2016. Airbnb prácticamente ha duplicado su base de usuarios cada año desde 2012 y ahora vale cerca de 30.000 millones de euros, casi tanto como Marriott International, la cadena hotelera más grande del mundo. Ese tipo de crecimiento exponencial ha sembrado el pánico entre muchos CEO de grandes empresas que viven con el miedo de verse “uberizadas”. Esos temores no son del todo infundados. El crecimiento explosivo de los viajes compartidos es una de las principales razones para los resultados trimestrales funestos de Hertz en noviembre de 2016, lo que dio paso a una pérdida de su valor de mercado de un 23%.

Y la fiebre de predicciones de expertos que creen que los dinosaurios corporativos de hoy están a punto de ser borrados del mapa por gigantes asteroides con forma de unicornio no hace más que agravar esta angustia. Por ejemplo, en su libro Exponential Organizations, Salim Ismail y Michael S. Malone argumentan: “… las corporaciones gigantes no sólo se ven obligadas a competir con, sino que son aniquiladas – aparentemente de la noche a la mañana – por una nueva especie de empresas que se aprovecha del poder de tecnologías exponenciales, desde el groupware y la minería de datos hasta la biología sintética y la robótica… Los fundadores de esas nuevas empresas se convertirán en los líderes de la economía global durante el futuro previsible”.

“Genial”, puede que esté pensando. El emprendimiento revitaliza la economía, ya que elimina a las complacientes empresas arraigadas, acelera la innovación y genera empleo. El problema es que, a pesar de todas las atenciones y ansiedades provocadas por los unicornios, no son ni de lejos tan necesarios como los pintan. Considere lo siguiente.

Los unicornios representan una proporción diminuta de la economía. A fecha de noviembre de 2016, el valor de mercado de los 179 unicornios del mundo era de 646.000 millones de dólares (unos 607.827 millones de euros). Los unicornios de Estados Unidos representaban el 56% del total, con un valor de mercado conjunto de 353.000 millones de dólares (unos 332.172 millones de euros). Aunque es una gran cifra, representa menos del 2% del valor de mercado de las empresas de la lista S&P 500 (19,9 billones de dólares, o unos 18,7 billones de euros). Según este barómetro, los unicornios son prácticamente irrelevantes.

No existen motivos para creer que esto vaya a cambiar en un futuro próximo. El nacimiento y la valoración de los unicornios van en declive. Aunque 38 nuevas empresas se unieron a las filas de los unicornios durante la segunda mitad de 2015, sólo 19 llegaron a incluirse en el club durante la primera mitad de 2016. De hecho, uno podría argumentar que el auge de unicornios durante los últimos cinco años se debe principalmente a un tren que solo pasa una vez: la llegada de esa plataforma global y ubicua, el smartphone. Las plataformas móviles como iOS de Apple y Android de Google han permitido que los negocios basados en apps se hayan escalado a un ritmo sin precedentes. Al igual que los buscadores de oro de California (EEUU) durante el siglo XIX, almas emprendedoras de todo el mundo se han apresurado a revindicar sus terrenos dentro del ecosistema móvil. Pero una década después del lanzamiento del iPhone, puede que las pepitas más grandes ya hayan sido descubiertas. Además, no está claro si los unicornios que se aprovechan de otras tecnologías, como la genómica o la robótica, vayan a poder escalarse tan rápido como Uber, Airbnb y otros negocios habilitados por smartphone.

Las start-ups exitosas no son capaces de emprender durante demasiado tiempo.  Cuando crecen, las empresas jóvenes tienen que lidiar con las demandas de tamaño y complejidad, por lo que se burocratizan. Por ejemplo, una aclamada empresa de software había acumulado 600 vicepresidentes cuando alcanzó los 4.000 millones de dólares (unos 3.764 millones de euros) en  ingresos. Al igual que las grandes empresas a las que desafían, los unicornios no son inmunes a la esclerosis burocrática. Al adentrarse en la burocracia, capa por capa y regla por regla, la chispa del emprendimiento se apaga. Así se convirtieron los insurgentes de ayer en los rezagados de hoy. Snapchat adelanta a Twitter, Spotify se catapulta por encima de iTunes, y así sucesivamente.

La economía estadounidense no favorece tanto a las start-ups como se cree. A pesar de la atención mediática que rodea a los unicornios, la economía estadounidense cada vez es menos hospitalaria con las start-ups. Según datos de la Oficina del Censo de EEUU, entre 2005 y 2014 se crearon 700.000 nuevos negocios menos que entre 1985 y 1994. De forma más preocupante, pruebas recientes sugieren que el número de start-ups transformacionales, las que contribuyen desproporcionadamente al crecimiento del empleo y de la productividad, lleva en declive desde el año 2000. Puede que la economía estadounidense siga siendo más dinámica que la mayoría, pero es menos dinámica ahora que antes.

El poder económico de las grandes empresas está aumentando está aumentando, no disminuyendo. Durante las últimas décadas, la concentración industrial en Estados Unidos ha aumentado sistemáticamente. Un reciente análisis de The Economist indica que dos tercios de todos los sectores de la economía estadounidense aumentaron su concentración entre 1997 y 2012, y que la cuota media de las primeras cuatro empresas de cada sector aumentó del 26% al 32%. Un informe de 2016 del Consejo de Asesores Económicos del presidente de EEUU muestra una tendencia similar.

Esta creciente consolidación refleja un aumento constante de fusiones y adquisiciones (M&A por sus siglas en inglés). En 2015, el volumen de M&A global superó los cinco billones de dólares (unos 4,7 billones de euros), un récord histórico. Muchas de estas fusiones, como la propuesta unión entre AT&T y Time Warner, parecen estar diseñadas para contrarrestar nuevas amenazas competitivas (como YouTube y Netflix) o para engordar el peso político de la empresa.

Esta tendencia, junto a la ralentización del ritmo de ofertas públicas iniciales, implica que durante los últimos 20 años Estados Unidos ha perdido casi el 50% de las empresas que cotizan en bolsa. Este declive no se ha visto compensado por un repunte del número de empresas privadas, cuyas filas también han disminuido aunque de manera menos pronunciada.

El balance final: el emprendimiento va en declive y la concentración de empresas es cada vez mayor. Es un problema, puesto que es imposible generar una economía verdaderamente dinámica si es dominada por empresas políticamente aisladas y encadenadas con los grilletes de la burocracia. El reto, entonces, no consiste simplemente en fomentar más emprendimiento al estilo de Silicon Valley, a pesar de lo importante que es. Consiste en reconocer que generar más unicornios no sirve para sustituir al riguroso cumplimiento antimonopolio y en liberar la energía empresarial latente que reside en las profundidades de las grandes organizaciones establecidas.

Sobre a este último punto, hay motivos para la esperanza. En los últimos años, Amazon se ha convertido en una fábrica de negocios nuevos. Sus recientes éxitos incluyen Amazon Web Services, la entrega de comida de restaurantes Prime Now, las entregas de compras de supermercado AmazonFresh, Amazon Video, Amazon Tickets y muchos más. El CEO de la empresa, Jeff Bezos, entiende que la innovación es una cuestión de cifras.

Por cada cohete como Uber, hay docenas de start-ups que no logran escaparse de la velocidad. Por eso Bezos ha prometido convertir a Amazon en “el laboratorio más grande del mundo“, en otras palabras, inyectar el espíritu de Silicon Valley a la empresa. De forma similar, el presidente y CEO de Haier, Zhang Ruimin, se ha comprometido a convertir el fabricante de electrodomésticos de Quigdao (China) en una “plataforma empresarial”, una en la que cada empleado sienta que trabaja para una start-up. En un discurso pronunciado en el Foro Drucker de 2015, Zhang dijo: “Nuestra meta es permitir que todos se conviertan en CEO”. Por ello Haier se ha dividido en más de 4.000 “microemprendimientos”, pequeños negocios altamente autónomos en los que los miembros del equipo eligen sus propios líderes.

El emprendimiento solo florece en organizaciones atrevidas, sencillas y abiertas. Estas no son las características insignias de un típico leviatán corporativo, pero necesitan serlas, y podrían serlas. Así que dejemos de hacer culto a los unicornios y empecemos a trabajar en que cada organización sea emprendedora .